Cosas que a nadie le importan #NiñaMentirosa
La niña esa que dijo que quería ir al tianguis a pensar, nos mintió, no se puede pensar en nada, bueno, en nada de filosofía y tampoco se puede reflexionar sobre tu vida.
Cuando uno va al tianguis, va por decirlo de alguna manera, desarmado, o sea, está expuesto a todo lo que en el tianguis suceda. Parte del ritual es saber qué debes traer, porque enumeras en una lista (esto lo hacemos las personas que somos extremadamente distraídas), todo lo que hace falta en el refrigerador.
Si es que es un tianguis que conoces, pues sabes que la doña de los nopalitos está a un costado de la avenida, que el del pollo está tres puestos atrás, justo después del de las pizzas, que queda a un costado del de los quesos y la longaniza. Ya con el mapa de los puestos en la cabeza, te mueves con una agilidad que envidiarían las focas y las babosas.
Dentro del tianguis múltiples voces se escuchan al unísono, gritos que apenas entiendes parecen encapsular tu pobre cuerpo en medio de la muchedumbre. De pronto, te bombardean con "¿reina que le doy? Tengo la longaniza de a 40". ¡Ay, Dios! No, pues así sí me ando apuntando, digo, igual y nada más un cuarto. No terminas de imaginarte cómo te vas a comer la longaniza cuando ya te están ofreciendo el muslo bien partido. ¡Cristo Redentor! No es necesaria tanta violencia, con que me hable bonito nos arreglamos. Ya andaba yo bien Felipe y con Tenis con mi muslo bien partido, cuando me ofreció ese joven, que parado junto a mí, hasta me puso nerviosa, tremendo hombresote con cuerpo de tentación, repitiendo ¿cuánto le pongo de plátano, chula? Lo que quieras (dije para mis adentros), digo, dos kilos, por favor. Ya no sabía que más fruta llevar, porque de los nervios, dejé caer mi pequeña lista en la bolsa en la que el hombresote aquel, metió con mucho cuidado la fruta.
Luego de un roce constante con hombres y mujeres, que como yo, buscaban salir de ese chorizo de techo improvisado con mantas de color rosa, llegué hasta la avenida. Sentí como si el tianguis me hubiera vomitado junto con otras personas, con las que ahora competía por ganar un taxi. Cabe resaltar, que ese no es ni el momento ni el lugar para mostrar la buena educación, lo sé porque cuando le cedí el taxi a la viejita de las canastas, se abalanzaron sobre el taxi que me tocaba a mí unas doñas, que con su cara de hartazgo, me hicieron saber, que comentar lo más mínimo, me podría colocar en una situación, no peligrosa, pero sí desfavorable y bochornosa, ya que eran mucho más altas que yo. Después de echarles mi mirada más inquisidora, me subí al siguiente taxi. Ya en ese momento había olvidado la longaniza, el muslo bien partido y al hombresote del plátano, ya lo único que quería era llegar a casa, quitarme los huaraches y ponerme mis pantuflas de peluche y agradecer que logré salir del monstruo rosa. Nada más ver de lejos la herradura tupida de árboles, me regresó poco a poco la tranquilidad. Adentro me esperaba alegremente el camino de rosales y las pequeñas hojas del aguacate que el viento había tirado en los recuadros de cemento. Y mientras escribo esto, no puedo evitar decir en voz alta "niña mentirosa, al tianguis se va a todo, menos a pensar".
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